20 de febrero de 2012

Al son de las campanas de medio día

Al son de las campanas del medio día, 13.000 hombres, mujeres, ancianos y niños arrastraban sus demacrados y enfermos cuerpos hacía el exterior de las ruinas de Zaragoza. Hacia unas horas que habían conocido sus sentencia en forma de Carta de Capitulación. Dos meses y más de 30.000 muertos quedan atrás, esparcidos por casas, calles y fosos. Esta vez la determinación, el valor y la alegría de aquel pasado 14 de agosto se olvidan con la impotencia, el dolor y la decepción que ahora lucen sus cadavéricos rostros. Sin fuerzas para sostener sus cabezas avanzan con el orgullo del cumplidor, de aquel que hizo todo lo que pudo. Son cadáveres andantes, con apenas atisbos de vida, pero con los honores que otorga el defender su vida, sus calles y sus casas.


La Zaragoza de mayo de 1808 yace bajo toneladas de escombros, sangre y gérmenes. Las tabernas donde otrora se bebía, bailaba o jugaba en la mayoría de los casos han caído pasto de las bombas, las minas o el fuego. La ciudad de las 100 torres, la Florencia española ha pasado a convertirse en la fosa más grande de Europa. Retrato fehaciente de la crueldad y barbarie de la guerra. Zaragoza es la ciudad de los 60.000 muertos.


Será el noble tribunal de la Historia el que los eleve a héroes, a pesar de que a la mayoría la suerte o desgracia que cuando todo empezó aquel 24 de mayo estuvieran en Zaragoza, para posteriormente relegarlos al olvido.
6000 de ellos yacen bajo el asfalto y el hormigón en Macanaz, sin apenas una placa que explique lo que paso entre 1808 y 1809.

Sirvan estas líneas como particular homenaje a aquellos que sufrieron la ira de Napoleón y sus bondades impuestas por la fuerza. No podemos olvidar lo que paso hace 203 años, porque en gran manera es lo que somos.
Jorge Muñoz Checa

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